Kamakura
- saraiescandon
- 7 jun 2022
- 4 Min. de lectura
La verdad es que me gusta viajar mucho, no sé la razón en específico, tal vez sea por descubrir nuevos lugares, explorar otros paisajes, conocer gente nueva. Aún me falta mucho mundo por recorrer, pero ya he encontrado ciudades que han dejado una huella en mí. Ciudades especiales, por sus colores, por el sentimiento que crean en mí, por los recuerdos que tengo de ellas o quizás por nada en especial. Y si bien Kamakura no es mi ciudad o sitio favorito de Japón, pienso que es uno de los puntos más hermosos y tranquilos en donde he estado. Y por alguna razón siempre regreso a ella.

Hoy les voy a contar unas aventuras, sobre una pequeña ciudad, será un relato corto. En realidad, no sé cuáles serán los elementos que hacen que me enamore de una ciudad. Kamakura la he recorrido tres veces y siempre encuentro cosas nuevas, una armonía inexplicable y al mismo tiempo el paisaje me relaja hace que mi imaginación vuele y forme diferentes historias. Sin duda es una desconexión total, solo existe la ciudad, sus elementos y yo.
Kamakura está en una de las tantas bahías que se forman alrededor de Japón, tiene incluso su periodo en la historia del país, toda llena de samuráis e interminables batallas. Puedes llegar a ella desde Tokio, toma alrededor de una hora y media dependiendo que tipo de tren tomes. Una vez en la ciudad puedes caminar o tomar alguno de los diferentes autobuses, el transporte público en la ciudad es muy bueno. Seguramente también puedes rentar bicicletas, para moverte por el lugar.
La primera vez que llegue a Kamakura fue guiada por la curiosidad de turista, es un destino muy concurrido si únicamente vas a Tokio y estas unos días en la ciudad. Mi primera visita a la ciudad fue en el verano del 2015 con compañeros de la escuela. El calor era intenso, así que tomamos el transporte público para llegar a los diferentes destinos. Visitamos un par de templos, el gran Buda y terminamos el día en una playa cerca de la estación. En ese año la ciudad estaba realizando remodelaciones, estaban construyendo un bulevar turístico a lo largo de la calle principal. La obra era grandísima, un parque lineal con jardines y sitios para sentarse. Esta calle conecta con algunos templos y con la estación de trenes.
La calle Wakamiya-oji, donde se llevaba a cabo la construcción, está llena de tienditas ideales para comprar recuerdos del lugar y otras curiosidades. Lo que me impacto en mi primera visita fueron los templos, algunos con colores, otros solo con diferentes tonos de madera. Una arquitectura mística que te lleva a pensar como serian estas partes en sus mejores años. Aunque, muchos fueron reconstruidos después de las diferentes batallas ocurridas en el lugar, aún siguen conservando un toque especial que te roban el aliento y no se puede más que observarlos a detalle.

Algo distintivo de la ciudad es que tal vez sea uno de los pocos sitios cerca de Tokio donde se pueden observar tantos templos, un poco más arquitectura tradicional. Y sí que en Tokio hay diferentes templos, pero el ambiente que tiene Kamakura es muy diferente, no se encuentra tan rodeada de concreto o grandes edificios, cuenta con grandes áreas verdes y uno que otro bosquecito que sale a tu encuentro en medio de la ciudad.
Después de los templos y de caminar por varias horas, nos dirigimos a la playa. Era un escenario gris, la arena es oscura llena de conchitas te colores, las personas practicaban deportes acuáticos. A lo largo de la playa podías ver como la costa formaba una letra C llena de edificios y algunas partes atiborradas de árboles. Ahí anduvimos un rato mojándonos los pies y correteando las olas. Por la tarde regresamos a Tokio. La primera vez, la ciudad me pareció como un pueblito mágico, un lugar para turistear y nunca pensé regresar otra vez.
La segunda vez que visité la ciudad fueron seis meses después de la primera ocasión, por azares del destino tuve que regresar a Japón muy rápido, pero en esta ocasión tuve menos tiempo para turistear, la verdad solo me quede en Chiba y en Tokio. Me tocó ver Japón durante el invierno, casi todos los días nevaba un poco, el aire helado calaba los huesos. Igual que la vez pasada fui a la ciudad con compañeros de la escuela, esta vez fuimos a una parte diferente de la ciudad, igual de bonita que la anterior. La construcción del bulevar que había visto en verano estaba casi terminada. Los colores de la ciudad seguían siendo los mismos. Grises más acentuados por el frío. Tomé algunas fotos con mi cámara instantánea, la nostalgia se sale de la foto, como si los paisajes se lamentaran por algo, pero aun así siguen siendo mágicos y misteriosos.
Después de cuatro años regresé a Kamakura durante el verano del 2019, esta vez acompañada de mi mejor amiga, la verdad estaba tan emocionada, llena de recuerdos de esa ciudad que no podía esperar para enseñársela. Durante el viaje conocimos a un español y pues ahí nos juntamos los tres para descubrir la ciudad nuevamente. No sé si en estos cuatro años la ciudad cambio tanto, pero para mí seguía siendo la misma, el parque lineal ahora albergaba árboles que siguen en crecimiento. Nuevamente, visitamos el gran buda, aquel que visité en 2015. Fuimos a otros lugares, recuerdo que llegamos a una casa de té que tiene un pequeño bosque de bambú. Pasamos el día en aquel pueblito mágico recorriendo sus calles y yo solo me alegraba de poder seguir construyendo recuerdo en ese lugar tan lejos de todo, de la mano de una persona tan especial en mi vida.
De recorrer una pequeña parte del mundo he aprendido que algunos sitios se quedan grabados en ti y no tienen que ser precisamente lugres espectaculares. Son los lugares que te brindan paz, relajación y son estos los rasgos de Kamakura. Esta ciudad siempre tendrá una parte especial en mi corazón y siempre esperaré regresar a ella.



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